Crisis en Haití: para una Teoría de la Transición

Puerto Príncipe, 28/1/16, Por Dr. Jean Henols Buteau, enviado a Alterpresse el 27.1.16 –

Hace ya muchos meses que Haití está en crisis, probablemente sea la más grave de los últimos treinta años y  está amenazando además de manera casi inexorable la supervivencia de las instituciones de la República. Esta situación junto al simultáneo vencimiento de las elecciones legislativas y municipales ha conducido a pensar naturalmente en la posibilidad, incluso para algunos en la necesidad de un gobierno provisorio.

Hablar o pensar en la transición se ha convertido en un tema inevitable. Tanto si se está a favor como en contra. Lo que parece sin embargo más importante es dotar a esa transición de un contenido doctrinario. Lo cual no quiere decir que sea necesario endosarle un epíteto ni tampoco dotarlo de un “ismo”. Todo esto implica una pregunta que salvo raramente nadie se plantea: Porqué una transición.
 
Antes de contestar esa pregunta deberíamos plantearnos otra, un poco más general. ¿Cómo se definiría un gobierno de transición? En el reciente vocabulario político haitiano se tiende a considerar de transición,  todo gobierno que no haya surgido de algún proceso (o de una maniobra) electoral, generalmente en un contexto de caos y cuya aparente misión sería permitir el restablecimiento o la instalación de nuevas autoridades con mayor aceptación o al menos no resistidas. Es necesario aceptar esta percepción porque la tradición pareciera haberla consagrado desde el momento  en  que no está demasiado alejada de la vinculada a la historia política universal. Salvo porque esta última se refiere preferentemente a un período que se ubica entre un régimen dictatorial y la progresiva o no instalación de un gobierno democrático. Este enfoque permite rondar también la idea de la construcción de nuevas estructuras y de  nuevas instituciones.
 
De tal modo que los gobiernos de transición no solo tienen plazos sino sobre todo objetivos. Entre ellos uno que constituye lo esencial de su misión: el de quebrar los mecanismos de surgimiento y de mantenimiento de la dictadura, porque es imposible acceder a una democracia preservando o ignorando las estructuras de un régimen dictatorial. Por lo tato es conveniente crear las necesarias condiciones  de ruptura, no solamente con el objeto de desmantelar los instrumentos legales y administrativos del régimen anterior sino sobre todo para construir aquellos que deben permitir la nueva edificación. La transición no es por lo tanto un lapso destinado a llenar un vacío sino más bien un ejercicio estructurante en el sentido de configurar instituciones democráticas.
 
El Consejo Nacional de Gobierno hubiera podido ser un típico ejemplo de “Gobierno de Transición” como lo fue el de Adolfo Suárez en España luego de la muerte de Franco o también el de los militares portugueses luego de la destitución de Marcelo Caetano.
 
Para comprender la crítica situación estructural que estamos viviendo como también la del debilitamiento de nuestras magras conquistas democráticas hay que remontarse a la transición de 1986.
 
Fueron cuatro largos años caracterizados por la constante lucha entre las corrientes que habían contribuido de una u otra manera a la caída de la dictadura. Por un lado los grupos reaccionarios (nacionales e internacionales) que intentaron siempre influir sobre los responsables políticos con el objeto de mantener sus privilegios y el control del aparato político. Por el otro las fuerzas populares, cada vez más conscientes de su peso y alentadas además por su reciente participación en el combate para el establecimiento de la democracia. Con por un lado una oligarquía deseosa de instalar una democracia despojada de todo contenido social y por el otro las masas cada vez más ávidas de  verdadera democratización y participación.
 
A lo largo de todos esos años, las capas dominantes trataron de instalar el estatuto hegemónico del bloc oligárquico a través del gobierno de ese momento (CHG) o a través de asesinatos (Atti, Jacquelin) o de masacres (Piatre, Jean Rabel, Rue Vaillant). Y aunque nunca propusieron directamente “trazar un punto final al pasado” tampoco trataron de realizar una efectiva desduvalierización de las estructuras del poder. Pero también es necesario reconocer que tampoco fue suficiente el peso político de las fuerzas democráticas más decididas para imponerse totalmente. Además, aún desde el poder los representantes de las fuerzas populares, tampoco lograron romper democráticamente con la dictadura. En efecto no hubo ningún juicio legal a los miembros de la dictadura, ningún homenaje a la memoria de quienes murieron bajo ella, ni siquiera con el objetivo de inculcar entre los jóvenes la cultura de la vida.
 
El hecho de que no hayamos podido poner en funcionamiento mecanismos de ruptura con la dictadura ha desencadenado una sucesión de sistemas gubernamentales o de “regímenes” es decir “la forma en que según la ciencia política, caracteriza al desprecio por la legalidad, el autoritarismo en el ejercicio de las atribuciones presidenciales, la violación de las instituciones y la ausencia de consultas y de la cultura del diálogo propios de la democracia”
 
Todos esos “regímenes” han aprovechado como fuente de los vestigios de la dictadura, los ingredientes necesarios para satisfacer sus apetitos autoritarios. Algunos más que otros o mejor que otros. Pero es forzoso reconocer que los años de Martelly han sido los más autoritarios. Constituyeron el paroxismo  del “desprecio de la legalidad en el ejercicio de las atribuciones presidenciales” Eso se debió en parte al “estilo Martelly” pero sobre todo al apoyo sin reticencias de los sectores más reaccionarios tanto nacionales como internacionales que pudieron beneficiarse con ese gobierno.
 
Hoy en día ya no se trata de retomar la historia en donde ella nos dejó. Es necesario sin embargo recobrarla: ya no hay necesidad de quebrar los mecanismos de la dictadura porque ya no existe como expresión dominante del poder del Estado, aun cuando aún subsisten muchos de sus vestigios. Hoy en día las  exigencias son diferentes. Los combates también.
 
Todas las elecciones que se llevaron a cabo en Haití durante estos veinte últimos años han estado marcadas por el sello de la duda, a veces por el de la protesta abierta y a menudo y finalmente más común aún por el fraude. Agregado además a que nunca respetaron los plazos constitucionales. Algo que derivó en la clausura del Parlamento, el vacío institucional y comportamientos presidencialistas sin freno ni control.
 
Cómo podemos comprender y menos aún hablar de nuestra democracia cuando puestos fundamentales para la vida de los ciudadanos y de las ciudadanas han sido cubiertos con nombramientos fantasiosos derivados de la voluntad de un solo hombre. Se trata de una negación de la democracia o como dice un amigo mío: “Todo el poder comienza en el poder local organizado”  a pesar del eufemismo     sonoro pero sin embargo cojo de “Agente Ejecutivo Interino” siempre completaron el término de un mandato normal para un electo. ¿Cómo poner término a ese ciclo infernal de los “Consejo Electoral Provisorio” ha menudo desempeñado    por los dueños del poder con el objeto de llevar a cabo y controlar electoral cortado  confeccionado a medida?
 
El gobierno de transición que nosotros propiciamos e impulsamos con todas nuestras fuerzas es un “Gobierno para la Estabilización de Haití”(1) que tendrá por misión primera la identificación y la erradicación de los mecanismos que han permitido la emergencia de todas esta irregularidades.
 
Sin embargo frente al actualmente ruinoso estado de las instituciones y a la decadencia en las condiciones de vida de nuestros compatriotas su misión no podría detenerse solo allí. El desmantelamiento de los autoritarios y despóticos mecanismos del poder supone la construcción en paralelo de nuevas estructuras, de nuevas prácticas y engendrar nuevos usos en la jefatura del Estado.
 
De modo que el “Gobierno para la Estabilización de Haití” recibirá un mandato claro: realizar la regularización institucional para su aplicación por los futuros gobiernos y la puesta en marcha de un programa económico y social.
 
La regularización institucional constituye una tarea política por excelencia, no partidista, pero incluye sin embargo objetivos políticos. Se creará a partir de delegados de la Sociedad Civil y de la Clase Política un conjunto de Comisiones cuya misión global será investigar en el seno de las instituciones, los dispositivos y las funciones que han permitido a los gobiernos y a los responsables del Estado, violar abiertamente las leyes que estaban obligados a respetar y traicionar impunemente los intereses superiores que hubieran debido proteger. Por el momento solo vamos a citarlos pero están disponibles los detalles relacionados con cada una de las misiones de las diferentes comisiones.
 
1)      Comisión para la rendición de cuentas
2)      Comisión para la evaluación del sistema electoral
3)      Comisión independiente de evaluación electoral
4)      Comisión electoral y jurídica
5)      Recuperación de la soberanía
6)      Programa de Gobierno
 
Desde el punto de vista de la puesta en marcha de un programa económico, aun un gobierno de transición tiene el deber de ser exitoso. En el caso del “Gobierno para la Estabilización de Haití” lo más urgente será elaborar una respuesta inmediata a la profunda miseria en que se haya sumergida la inmensa mayoría de nuestra población. Este programa deberá tener en cuenta los principales requerimientos universalmente reconocidos con el objeto de elaborar políticas públicas basadas en ellos.
 
Deberá equilibrar las cuentas públicas lo más rápidamente posible. Proponemos la formación de una Comisión económica Especial surgida de la sociedad Civil y de los Partidos Políticos encargada de ciertas misiones específicas tales como: el déficit presupuestario, la valuación de la gurda, la inflación y las potenciales vías de crecimiento económico.
 
Deberemos comprender en primer término que la defensa de los intereses de los haitianos es una tarea que corresponde esencialmente a los haitianos y a las haitianas. Sus vidas no podrán mejorar sin la Estabilidad y esta es absolutamente imposible sino se erradican los reflejos del autoritarismo como también los mecanismos que permitieron su aparición. La presencia de las instituciones no lo garantiza ni por su creación ni por su simple existencia física. Las instituciones solo existen si son eficaces. Representan entre los ciudadanos y las ciudadanas ordinarios, tanto en sus atribuciones como en sus abusos, una garantía de anticipación positiva frente al Estado.
 
Nota:
1) “Gobierno para la Estabilización de Haiti” por oposición a la “Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití”
Traducción Susana Merino, por http://haitinominustah.info

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