Reflexiones acerca de las elecciones en Haití

208160_800x600_crop_56a97b0be7bfc-620x400Por Henry Boisrolin, Resumen Latinoamericano, 14 diciembre 2016.- 
 
El 20 de noviembre último pasado, se desarrolló en Haití una gran farsa que las autoridades gubernamentales, el llamado Consejo Electoral Provisorio (CEP), varios partidos, organizaciones sociales, la prensa, la llamada Comunidad Internacional, etc., denominaron “elecciones”. Y con un cinismo imposible de igualar, varios responsables de la misma afirmaron que se trataron de elecciones democráticas y en paz. Y, como si fuera poco, añadieron que fueron las mejores que Haití conoció desde la caída de la dictadura duvalierista en 1986. Cabe precisar que, desde el primer instante, hubo un bombardeo mediático sistemático acerca de este ejercicio que se suele realizar de  manera regular en otros países para convencer a todo el mundo de que Haití había podido ponerse a la altura de los demás. Y como esta vez, es el Estado haitiano que hizo los gastos -55 millones de dólares-, tales elecciones marcan -según las autoridades haitianas- un punto de inflexión hacia la recuperación de nuestra soberanía. Afirmación totalmente ridícula y que ha de provocar preocupación y hasta angustia a cualquiera que haya seguido un poco de cerca la evolución de la crisis haitiana.

Ahora, antes de entrar a analizar lo que esos cínicos llaman “elecciones”, me van a permitir una pequeña acotación. Resulta que hace un año todos dijeron que estas mismas elecciones costaron 100 millones de dólares. Sin embargo, como todo el mundo lo sabe, estas elecciones tan caras terminaron muy mal y hasta fue anulada completamente la presidencial, luego de que 2 Comisiones de Verificación Electoral comprobaron que hubo fraudes masivos y de manera escandalosa. En efecto, durante la primera etapa en agosto de 2015 donde se tenían que desarrollar las elecciones legislativas parciales, hubo violencia de todo tipo: desde quema de urnas y de centros de votación  hasta asesinatos. Y durante la segunda vuelta en octubre del mismo año donde predominaba la elección presidencial, es cierto que no hubo violencia tan evidente; pero a partir del dominio del aparato electoral, los poderosos armaron mejor sus maniobras delictivas y produjeron un acto político tan repudiable como el de agosto en cuanto a fraudes. Obviamente, alguien en su sano juicio al leer estas líneas seguramente está pensando que la Justicia haitiana se habría puesto inmediatamente en marcha para castigar a los responsables. Pero se está equivocando, pues nada ocurrió. Al contrario, los responsables de dichas barbaridades circulan normalmente y libremente en el país. Prácticamente nadie habla de ellos. Incluso, el presidente de la República en aquel entonces, Michel Joseph Martelly, ni siquiera ha sido interpelado para que dé explicaciones. Lo mismo sucedió con Pierre-Louis Opont, el presidente de aquel CEP que dirigió esas llamadas operaciones electorales, y que se atrevió a proclamar los “resultados de los comicios” a pesar de las denuncias y evidencias acerca de las barbaridades que se cometieron. Cabe recordar, que, apoyando a Opont y a Martelly, la llamada Comunidad Internacional había afirmado que dichas elecciones, más allá de algunas irregularidades, eran válidas. Por ende, alentaba al CEP y al gobierno de proseguir con el proceso y realizar la segunda vuelta presidencial que estaba programada para el 24 de enero de 2016. Así, Martelly, antes de abandonar el poder el 7 de febrero de 2016 al finalizar su mandato constitucional, pudo armar un Acuerdo político con los miembros mal elegidos de las llamadas elecciones legislativas de agosto de 2015, estas mismas elecciones calificadas de fraudulentas por una Comisión de Verificación Electoral formada por el propio Martelly. De este Acuerdo espurio, sucedió algo no previsto por la Constitución Haitiana: el Parlamento eligió al senador Jocelerme Privert como presidente provisorio con un único mandato: realizar elecciones. Pero, cuidado, toda la maquinaria electoral seguía -y sigue-  bajo control de los mismos que fabricaron las maniobras que fueron rechazadas masivamente en las calles. De hecho, y esto es importante señalar, dichas movilizaciones multitudinarias y combativas fueron determinantes para impedir la realización de la segunda vuelta y para que Martelly pudiera así traspasar el poder a su protegido y elegido, Jovenel Moïse. Movilizaciones que obligaron la formación por parte de Privert de una nueva Comisión de Verificación Electoral, la cual también determinó al igual que la primera que hubo fraudes masivos. Es menester subrayar, que Martelly  jamás organizó una elección durante los 5 años de su mandato -situación que provocó la disfuncionalidad del Parlamento durante el último año de su mandato, y el hombre dirigió por Decretos-. Y cuando al final la organizó, todo resultó ser un desastre. Así funciona en Haití el reino de la impunidad en toda su amplitud.
Con este pequeño resumen, queda claro que hablar en este momento histórico concreto de elecciones en Haití es simplemente una farsa.
Ahora bien, a mi entender, la elección en Haití no es una farsa solamente por los hechos señalados anteriormente. Pues alguien puede llegar a pensar que todo podría ser resuelto con un mejor personal político y administrativo no formado por delincuentes. Por tanto, sería capaz de manejar  de manera decente la maquinaria electoral y, por supuesto, tendría que contar con un gobierno respetando su neutralidad durante todo el proceso. Pero esta perspectiva en el caso concreto de Haití es una quimera. También es una quimera, creer que al realizar elecciones honestas se restablecerá a través del tiempo un buen funcionamiento de las instituciones del Estado y eso sería la forma ideal y la única para superar la pobreza y la inestabilidad política. Esto es un reduccionismo y simplismo alarmante, pues deja fuera de la órbita de la reflexión lo que justamente representan estas instituciones tanto gubernamentales como no gubernamentales. Sin lugar a duda, son precisamente dichas instituciones las que contribuyen a producir y reproducir la escandalosa pobreza que afecta a la gran mayoría. Es decir, dicho reduccionismo que es una suerte de acto de fe, no permite aprehender las fuerzas históricas estructurales que producen esta situación de injusticia de la que tanto hablan muchos analistas a través de los medios de difusión nacionales como internacionales. Así, como por arte de magia, en el caso de Haití la dialéctica de los intereses contradictorios entre el capital y el trabajo y el rol del país en la división internacional del trabajo como productor de mano de obra barata -la más barata en toda la región- , no son parte del análisis explicativo del empobrecimiento cada vez mayor de la formación social haitiana.
Con este planteo, quiero precisar que no hay modo de reflexionar exhaustivamente y correctamente sobre la crisis haitiana sin indagar en la compleja trama de la dominación neocolonial que caracteriza a la sociedad haitiana hace más de 200 años. En este contexto, la llamada crisis electoral no puede constituirse en una suerte de marco interpretativo maestro, de matriz general de lectura de nuestra realidad, de todos los demás problemas del país. Desde esta perspectiva, quiero sostener lo contrario de lo que suelen expresar varios dirigentes, periodistas y algunos intelectuales haitianos cuando asumen dicha posición liberal-positivista acerca de las elecciones. Su posicionamiento es la manifestación de una voluntad de construcción de sentido común, autoevidente, y no puede aportar mucho al análisis de las causas verdaderas de nuestro empobrecimiento y mucho menos a la búsqueda de vías para la transformación radical de la realidad. Inclusive, en Haití, las elecciones, por más honestas que pudieran ser, no pueden tener ni la fuerza y ni la virtud para enfrentar exitosamente el neocolonialismo vigente. Para mí, las elecciones desvían y confunden a las masas empobrecidas y explotadas en el desarrollo de la lucha de clases. En el fondo, es una mistificación cuando los dirigentes de turno -al igual que sus predecesores- quieren hacer creer que puede existir un proceso electoral democrático y soberano en un país bajo ocupación de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) desde hace más de 12 años. Una MINUSTAH que es responsable de represiones a movilizaciones populares, de masacres en barriadas populares, de violaciones sexuales, de injerencia en asuntos internos del país, de introducción del cólera que ya mató a más de 10.000 haitianos/as y hay más de 800.000 personas infectadas. Una MINUSTAH que está para defender fundamentalmente los intereses del imperialismo norteamericano, de las empresas multinacionales que explotan con salarios de hambre a los trabajadores y las trabajadoras en las maquilas ubicadas en las llamadas zonas francas como así también en las fábricas administradas por la burguesía parasitaria haitiana en el Parque industrial en Puerto Príncipe. Es una mistificación perversa cuando sabemos que se trata de una sociedad basada en la exclusión de la inmensa mayoría. En efecto, el 1%de la población acapara el 55% de las riquezas del país. El 80% no tiene acceso a los servicios básicos para vivir con un poco de dignidad y el 70% de la población activa no consigue trabajo. La salud, la educación y el trabajo están al alcance de una minoría que vive en medio de una opulencia obscena mientras que el resto sobrevive en medio de montañas de basura y desprovisto de todo. Exclusión que de alguna manera contribuye a entender por qué durante las llamadas “elecciones” realizadas sobre todo en los últimos años sobre cada 4 haitianos sólo participa 1. Es que los millones de oprimidos no pueden creer en semejante farsa. Han aprendido a través del tiempo que los elegidos en estas farsas luego de muchas promesas durante las campañas al llegar al Parlamento o a la Presidencia se olvidan de todo lo que prometieron. Un comportamiento contrario por parte de los oprimidos y excluidos, sería demencial. Inclusive prefieren, sobre todo los que no pueden por una razón u otra luchar, huir hacia otros países. El abandono del país parce ser para muchos la única opción para escapar del hambre, de la discriminación y otros sufrimientos, para escapar de una muerte segura. Y ante tal tragedia humana, cuando unos candidatos colocan cerca de los centros de votación a sus partidarios con una bolsita de dinero en sus manos para comprar votos, es decir para comprar conciencia, dicho ejercicio pierde todo su sentido en cuanto a expresión de la voluntad popular. Y esta práctica se vuelve escandalosa y cínica cuando después del paso del huracán Matthew que destruyó prácticamente 4 departamentos de los 10 que conforman el país, el candidato de la oligarquía y del imperialismo, Jovenel Moïse, envía ayuda a los damnificados colocando su foto sobre los paquetes. Hasta tuvo a su disposición un helicóptero para visitar las zonas afectadas y continuar allí con su campaña, a lo que sus rivales no pudieron hacer. Sin embargo, ninguna instancia de poder -político o judicial- le pidió explicación acerca de esta enorme demostración de poder económico en un país donde millones están agonizando.
Es en este marco que, luego de la “contienda electoral” desarrollada el 20 de noviembre de 2016, el nuevo CEP proclamó los resultados provisorios, dando como “ganador” en primera vuelta a Jovenel Moïse con 55,67% de los votos. Inmediatamente el país, una vez más, se encuentra sacudido por movilizaciones callejeras a veces reprimidas por la Policía Haitiana, como así también a partir de denuncias realizadas por los principales candidatos a la presidencia de fraudes e irregularidades graves de distinta naturaleza a favor del “ganador”. En efecto, los 3 candidatos que siguen al supuesto ganador, decidieron concurrir ante las Instancias previstas por el Decreto Electoral vigente para contestar los resultados proclamados y, al mismo tiempo, piden a sus partidarios de seguir ocupando las calles. Situación que, obviamente, aumenta la inestabilidad política y que constituye un peligro mayor cuando el propio CEP reconoció que sólo participó el 21% del electorado. El “ganador” sólo recogió más o menos 500.000 votos sobre un padrón de 6.200.000 habilitados. Un padrón que no es muy confiable porque hace mucho tiempo que no se realizan censos en Haití, por tanto la población haitiana se calcula a partir de estimaciones. Es un padrón que no ha sido depurado de manera sistemática y convincente luego del terremoto que mató en 2010 a 250.000 personas como así también después del paso del huracán Matthew en octubre pasado donde perdieron la vida más de 500 personas y algunas centenares de miles perdieron su carnet de identificación para poder votar -según las cifras oficiales-. Situación que permite todo tipo de manipulaciones por parte de los que controlan la maquinaria electoral. Y es justamente en ese tipo de padrón donde se encuentra una de las explicaciones de la “victoria” de algunos y la “derrota” de unos cuantos en estas contiendas electorales.
Ahora bien, cuando el “ganador” sacó un número tan insignificante de votos, esto le plantea un real problema de legitimidad. ¿Cómo va poder dirigir Jovenel Moïse en un país tan polarizado y dividido e inmerso en una crisis económica y política tan dramática? Pregunta también pertinente, cuando todos lo perciben como el hombre del imperialismo y de los sectores dominantes de la sociedad haitiana que pusieron a su disposición enormes recursos económicos, financieros y logísticos.
Con todo ello, quiero expresar claramente que no podemos darnos el lujo de perder más tiempo al tratar de copiar los modelos supuestamente exitosos en otras sociedades. Nada nos obliga a organizarnos de la misma manera que en otros países. Es producto de un pensamiento colonizado creer que democracia es igual a elección, y que elección es un ejercicio sine qua non para poder entrar en la selecta sociedad denominada civilizada. Y digo modelos supuestamente exitosos y sociedad denominada civilizada, porque varios de los que practican dicho ejercicio son responsables de crímenes de lesa humanidad, de torturas, de explotación, de guerras por doquier, de golpes de estado, de pillaje, de exterminio de seres humanos y del medio ambiente. La historia nos aporta suficientes pruebas para rechazar dicha “civilización”, dicha “modernidad”. Y cuando algunos entre nosotros con buena voluntad pretenden imitar a los poderosos que dominan el mundo, organizando “elecciones” inclusive sin tener lo mínimo indispensable para tal ejercicio, es un autoengaño. Es hacer el juego de los enemigos del pueblo haitiano.
Más vale en este contexto, retomar el camino que habían emprendido nuestros ancestros esclavizados que supieron derrotar no sólo en el campo de batallas a los supuestos civilizados de aquella época sino también en el campo de las ideas. Libertad o Muerte era y sigue siendo la única consigna válida. La única capaz de ayudarnos a buscar nuestras propias soluciones y organizarnos seriamente sin imitar como alienados a los demás. Necesitamos de un pensamiento crítico, que nos obligue a cuestionar a fondo los mecanismos denominados democráticos que nos enseñaron y -muchas veces- nos impusieron. No habrá liberación como tampoco construcción de una sociedad justa, libre y soberana sin este esfuerzo. Nos hace falta confrontar nuestros problemas, inclusive nuestras incertidumbres,  con determinación para no quedarnos atrapados en este laberinto llamado proceso electoral concebido por otros para nosotros; caso contrario estamos condenados a repetir los mismos errores. Otra conciencia de nuestra época es posible, otra historia es posible, y ésta ha de ser escrita por los oprimidos de nuestra tierra con sus errores y sus aciertos.
                                                                                                            Henry Boisrolin
                                                                                                     12 de diciembre de 2016

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