Haití está al borde de la implosión. EE.UU. y la ONU apoyan a Jovenel Moïse y su calendario electoral, que despierta la ira en el acto. Europa, avergonzada, atrapada por su propia estrategia, guarda silencio.

Tribuna de Frédéric Thomas (Cetri), publicada en el periódico La Croix – El 7 de febrero de 2021 marcó el final del mandato presidencial de Jovenel Moïse. Pero, según una interpretación muy personal de la Constitución haitiana, esta última decidió gobernar un año más; hora de organizar un referéndum constitucional y elecciones. Esta decisión desató una ola de protestas en Haití. Sin embargo, recibió el apoyo de los Estados Unidos y agencias internacionales, incluidas las Naciones Unidas. Europa guarda silencio.

Lejos de ser una sorpresa, la crisis actual es el resultado de una estrategia de decadencia, a la que ha contribuido la comunidad internacional. Desde 2018, ante una ola de movilizaciones sin precedentes, que se ha centrado en la corrupción, la pobreza y las desigualdades, Jovenel Moïse ha respondido con desprecio y represión. La situación ha seguido deteriorándose, especialmente en términos de inseguridad: se han incrementado los asesinatos y secuestros por parte de bandas armadas.

TRIPLE INCONSISTENCIA

La alineación de la diplomacia europea con la política de Washington y el fetichismo electoral -en un país donde la tasa de abstención en las últimas elecciones rondaba el 80 %- constituye la doble camisa de fuerza puesta sobre la sed de cambio de los haitianos. La desconfianza y la pretensión de solucionar el problema para y en lugar de la población hicieron el resto. En este contexto, los llamamientos de la Unión Europea (UE) para que salga de la crisis un diálogo nacional inclusivo fueron triplemente inconsistentes.

Primero, testificaron sobre la negativa a reconocer la impopularidad e ilegitimidad del presidente. Todos los sindicatos, organizaciones de mujeres, campesinas, de derechos humanos, iglesias y estudiantes, entre ellos, muchos socios de ONG europeas, se han pronunciado en contra de Jovenel Moïse. Por el contrario, la legitimidad internacional de este último se sumó a la ira popular.

Luego, al no trazar una línea roja, la UE se encerró en la impotencia mientras el gobierno, reforzado, hacía del “diálogo” un escenario vacío. ¿Cuántas “peticiones”, “preocupaciones”, “lamentos” de los actores internacionales ante la inseguridad desenfrenada, las masacres, la impunidad y un presidente que gobierna por decreto desde enero de 2020, sin frenos y contrapesos? De todas las pruebas de tolerancia internacional, Jovenel Moïse ha resultado ganador hasta ahora.

Finalmente, la estrategia internacional dejó fuera de alcance la demanda que federaba las manifestaciones: una transición revolucionaria. Tenía que haber continuidad en lugar de ruptura, y la transición solo podía ser el resultado de las urnas. Una transición en todo caso limitada por la estabilidad macroeconómica y la dependencia del gigante norteamericano. Fue para hacer crisis repetidas, una fatalidad o el simple testimonio de la incapacidad de los haitianos para gobernarse a sí mismos.

CRÓNICA DE UN FRACASO ANUNCIADO

A finales de agosto de 2020, la UE pagó 33 millones de euros al gobierno haitiano por “la consolidación del Estado”. Unos días después, el presidente del colegio de abogados de Puerto Príncipe fue asesinado (el magistrado a cargo del caso huyó el 19 de enero) y se cometió otra masacre. En las semanas siguientes, el gobierno limitó el papel del Tribunal de Cuentas, que había denunciado la corrupción del Estado, constituyó, a la vista de las elecciones, un Consejo Electoral, sin legitimidad ni legalidad, y creó un problemático centro de información.

Jimmy Cherizier, ex policía y principal líder de la pandilla, y Fednel Monchéry, ex director general del Ministerio del Interior, son las dos personas más buscadas en Haití, debido a su implicación en la masacre de La Saline, en noviembre de 2018, que afirmó 71 vidas. Ambos encarnan la connivencia entre bandas armadas y el poder. El primero tomó la iniciativa en una manifestación en la capital el 22 de enero de 2021, mientras que el segundo fue detenido el 11 de febrero por un problema de registro… antes de ser liberado.

A principios de octubre de 2020, el embajador de Francia en Haití, José Gómez, recortando con el discurso contradictorio de la diplomacia, afirmó que no se cumplían las condiciones para unas elecciones libres y transparentes. Cinco meses después, la situación es peor. Sin embargo, Francia, como la UE, guarda silencio y confirma el apoyo internacional al calendario electoral de Jovenel Moïse. El silencio sobre Haití solo es igualado por la agitación diplomática en Birmania. Sin embargo, en cada uno de estos países, ¿no es la libertad lo que está en juego? ¿A menos que el hecho de que sean negros, opuestos a los proyectos de actores internacionales, descalifique su lucha?

ROMPER CON LA RUTINA DIPLOMÁTICA

Durante más de dos años, la UE se ha hundido en sus contradicciones, tratando de corregir la política de Washington al margen y de trazar una red moralista y humanitaria a la deriva autoritaria del Estado haitiano. La terquedad del expresidente por seguir adelante a pesar de la Constitución, un historial catastrófico y el rechazo masivo de la población, es el regreso de los reprimidos.

La diplomacia europea ha pretendido hasta ahora fortalecer el estado de derecho en Haití, apoyando a un hombre que es el principal bloqueo de cualquier cambio. A unos meses de un referéndum inconstitucional y elecciones bajo la égida de bandas armadas, debemos elegir: apoyar a Jovenel Moïse o luchar contra la inseguridad, la corrupción y la impunidad. Sin embargo, eso significa romper con la rutina diplomática y finalmente escuchar lo que dicen y quieren los haitianos.


Las opiniones y conslusiones expresadas en este artículo son de responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la posición del CETRI.

https://www.la-croix.com/Debats/Haiti-silence-assourdissant-lEurope-2021-02-23-1201142309

Traducción gentileza M. Riet.

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